lunes, 9 de noviembre de 2009

Gotas de tinta

Luis Carlos Tejada Cano

A Luis Cano

El mejor cronista es el que sabe encontrar siempre algo de maravi­lloso en lo cotidiano; el que puede hacer trascendente lo efímero; el que, en fin, logra poner mayor cantidad de eternidad en cada minuto que pasa.

El mejor periodista no es el más sabio sino el más intuitivo; no es el que escribe mejor, sino el que mejor sabe hacer escribir; no es el más honrado, ni el más sincero, sino el que es capaz de hacer decir al mayor número de gentes: ¡eso era lo que yo pensaba!

El mejor novelista es el que amalgama en su trama lo inverosímil dentro de lo posible, lo fantástico dentro de lo real. Porque así va recto al corazón del hombre, eternamente iluso, heroico y ansioso de realidades enormes. Por eso los libros perfectos, los únicos verdaderamente humanos, y que se pueden leer todavía con deleite, son los libros de aventuras: Homero y Dumas.

Entre nosotros, artistas y poetas casi nunca coinciden en un solo individuo. El tradicional afán parnasiano de pulir demasiado la frase, prefiriendo las construcciones y las palabras excesivamente sutiles, aunque estén descargadas de enérgica expresión y de hondo sentido emocional, ha impedido la renovación de nuestra lírica. Tenemos artistas admirables, pero no tenemos un poeta conmovedor.

Sin embargo, hay versos malos que son muy bellos.

El más grande poeta de América es Juana de Ibarbourou.

Parece que la poesía de hoy y de mañana pertenece a las mujeres. Sólo ellas, que traen a la literatura su sensibilidad virgen, podrán darnos un matiz nuevo de emoción dentro de los viejos temas, ago­tados ya por los hombres.

Y viéndolo bien, la poesía es una actividad esencialmente femenina. Todos los poetas verdaderos han tenido alma de mujer.

A los hombres les quedará la prosa. La técnica de la prosa perfecta es demasiado profunda, para que esté al alcance de las menudas uñas de rosa; la prosa perfecta requiere la garra madura, crispada y genial del macho.

Pero, después de todo, ¿para qué escribir? Se podría escribir aun cuando no fuera sino por el deleite inefable de leernos a nosotros mismos. Yo soy mi mejor lector. La obra maestra, para mí, es la que yo hago, porque es la que más se acerca a lo que yo sueño que debe­ría ser una obra maestra; es la que más se aproxima a mi caro ideal; y no admiro a los demás, sino en relación directa a la semejanza que tengan conmigo, porque en esa misma proporción los comprendo.

No se deberían leer sino los propios libros.

El Espectador, "Gotas de tinta", Bogotá, 19 de marzo de 1922.

2 comentarios:

José M. dijo...

Don Luis pudo haber tenido buen recibo en 1922, pero elucubrando posibilidades, creo que hoy por hoy lo menos que sufriría sería el destierro forzado por sus conceptos sobre poesía y prosa.

Pedro Arturo* dijo...

Todo lo contrario, amigo.